CECIL, EL LEON.

Me ha impresionado la inmensa barbaridad cometida por el descerebrado que “cazó” a Cecil, el león más querido de Zimbabue.

Inicialmente se dijo que había sido un español que pagó 50.000 € por cometer la fechoría, pero afortunadamente el mal nacido parece ser norteamericano, aunque los españoles tenemos el ignominioso honor de ser los segundos después de los yanquis en una afición tan abominable, encabezados por el anterior Rey.

Hace un montón de años, hacia el final de los 80, visité el David Sheldrick Wildlife Trust de Nairobi en Kenia, una especie de orfanato y hospital para elefantes recuperados de las fauces de los cazadores furtivos que los persiguen por su marfil o para que un animal de dos patas vestido de cazador les pegue un tiro de calibre grueso entre los ojos.

El Orfanato de elefantes, que así le llaman, es muy interesante porque incluye un museo donde puede verse algún elefante con cierta historia local disecado, algunos de los elefantes vivos que están siendo tratados, en su mayoría de corta edad, los utensilios utilizados por el “enemigo”: los furtivos y los cazadores blancos, impresionantes fusiles antiguos incluidos y un montón de cosas más relacionadas con la vida salvaje que aún queda en Kenia.

Desconozco si se trataba de una instalación estable o provisional, pero en una sección del museo se explicaban los métodos utilizados para la caza de animales en Kenia y en toda Africa. El gran odiado en aquella sección era el cazador blanco, porque con toda la razón decían que los furtivos cometen sus barbaridades para poder comer, o en cualquier caso para ganar dinero, mientras los cazadores blancos practicaban la salvajada por placer y eran quienes financiaban y daban vida a todo el montaje de la barbaridad.

En aquella sección desmontaban la imagen creada por las películas del cazador blanco que se enfrenta con riesgo al animal confiando en su pericia y puntería para acabar con el animal antes de que lo alcance, que quizás en algún tiempo pasado fue cierta pero que en la actual caza organizada ya no existe.

Ya en aquella época la proeza del cazador blanco consistía en que los furtivos le localizaban la presa que él quería, le instalaban en un lugar donde podían hacer el montaje adecuado para que el cliente tuviese la sensación de que realmente estaba cazando, montaje que incluía una larga espera, en ocasiones de horas, cuando en realidad los furtivos tenían la presa localizada y lista. Algunos de los grupos de furtivos tienen incluso sus propias reservas, animales que tienen confinados o localizados en una zona concreta de la selva o la estepa. En el caso de presas muy agresivas, previamente con flechas o lanzas les provocaban heridas que las desangraban y debilitaban, y finalmente las hacían pasar por delante del puesto donde esperaba el cazador que les pegaba un tiro entre los ojos o directo al corazón si no quería correr el riesgo de estropear la fantástica cabeza de animal salvaje para su salón o su despacho. Por supuesto los furtivos o gente asociada con ellos se encargaban de todo después de cometer la bestialidad, disecaban cabezas o animal entero, se encargaban de preparar o curtir las pieles, e incluso tenían un servicio para hacer llegar los trofeos hasta sus clientes en caso que en sus países de residencia hubiesen leyes que prohibiesen la importación de pruebas de que el animal más salvaje de la tierra es el ser humano, en especial relacionado con el marfil, cuya importación ya entonces estaba prohibida en varios países. Por supuesto que desde entonces el tinglado debe haber degenerado hacia peor.

Toda esta salvajada quedó reflejada en el caso del león Cecil. Los furtivos atrajeron al león fuera de la reserva, una vez fuera lo hirieron con una flecha y después de dos días desangrándose bajo su control lo pusieron a merced del mal nacido de turno que solo tuvo que apretar el gatillo para demostrar que la peor de las bestias, la más sanguinaria, salvaje y absurda era él.

La cosa es más grave todavía si se piensa que para disfrutar de las maravillas de Africa no hace ninguna falta pegar tiros y matar animales, que más bien lo estropea todo. Sitios como Tree Tops, al norte de Nairobi, hotel construido sobre la base de grandes árboles al lado de una gran charca donde van a beber los animales salvajes, y que tiene la peculiaridad de que la lista de habitaciones con las horas en que deben despertar al cliente ha sido sustituida por el tipo de animal que si aparece para beber en la charca el cliente quiere ser avisado para poderlo ver. Por cierto, el Tree Tops keniata era donde se encontraba la entonces princesa Elizabeth de Inglaterra cuando recibió la noticia del fallecimiento de su padre el Rey George VI. O el Mount Kenya Safari Club, fundado por el actor William Holden, maravilla del que parten recorridos de safari fotográfico, con una fauna tan rica que si uno está jugando al tenis, al sacar tiene que ir con cuidado para no darle a un pájaro fantástico en vez de a la pelota.

Además, la cosa no decae cuando anochece. La noche en la selva africana es de una negrura absoluta a la que los occidentales no estamos habituados. La inexistencia de contaminación lumínica hace la noche total y profundamente oscura, que por contraste las noches de luna parece tenuemente iluminada en plata, a lo que se añade una extraordinaria banda sonora que incluye multitud de ruidos, gritos y rugidos inidentificables e imposibles de oír en otro lugar, con una intensidad variable, que en ocasiones desciende hasta casi el silencio para de golpe y porrazo y por razón desconocida estallar de nuevo el griterío.

Y en medio de tanta maravilla la locura estúpida del cazador blanco pagando decenas de miles de Euros por pegarle un tiro a un animal al que ya no le quedan fuerzas ni para huir. En mi opinión las balas deberían ir en sentido contrario.

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