CECIL, EL LEON II.

El texto que viene a continuación no es ningún chiste de mi amigo galés, pero algunos de sus párrafos dan más risa que los chistes de Tom.

No sé si alguien conoce algún medio de comunicación o periodista que haya explicado el caso del león Cecil en la forma en que lo describían hace años en el orfanato de elefantes de Nairobi; yo no he localizado ninguno en España, aunque si fuera de España, en periódicos tan poco sospechosos como el Telegraph británico, conservador y defensor de la caza del zorro. Nuestros periodistas se han limitado a dar informaciones sueltas, en ocasiones inconexas, centrándose como siempre en sus aspectos más morbosos, y en ningún caso explicando la barbaridad en su totalidad a pesar de que el caso Cecil cumple todos los requisitos y contiene todos los ingredientes.

En cambio La Vanguardia en su edición del jueves 30, en su página 22, dedicada a explicar en varios artículos la reacción contra el verdugo del león Cecil, publicaba una inserción titulada “la atracción del peligro” que transcribo a continuación, en la que solo les falta solicitar el próximo premio Nobel de la Paz para el colectivo de los cazadores blancos en Africa.

Del panfleto que viene a continuación quiero resaltar lo siguiente: en primer lugar, ya en la primera línea afirma que en Africa los terrenos no están acotados para contradecirse más adelante diciendo que se deben hacer las cosas bien y cazar solo legalmente en los territorios de caza autorizados y bajo el control de los gobiernos. Que los territorios de caza en Africa deben ser mucho mayores que los cotos europeos de caza no hay duda, pero por supuesto también están acotados y en países como la propia Kenia y el Camerún, circulando por carretera, he visto letreros de aviso de la cercanía de sus límites. Este comentario me hace sospechar que a pesar de las normas, en Africa la mayoría de los cazadores blancos disparan a sus anchas. En segundo lugar, la comparación entre el riesgo del escalador y el del cazador blanco es el mejor chiste de todo el panfleto, porque aparte que algún bicho pueda picarle en el trasero mientras el cazador está sentado esperando a que le sirvan la pieza, no parece que se enfrente a un riesgo como el que explica el chiste. Las estadísticas de accidentes en escaladas y los inexistentes de la caza mayor africana hablan por sí mismos, con independencia de que algún cazador blanco, cuando el día de caza ya ha acabado, tropiece al irse a dormir, se caiga y se rompa la cadera. Tercero, me gustaría saber con exactitud cuánto dinero dedica el Safari Club a acciones humanitarias y a enfrentarse a la “ofensiva ecologista”, porque probablemente consideran que este enfrentamiento es también una acción humanitaria. Y por último, uno de los datos referidos al cazador blanco que vi en el orfanato de elefantes de Nairobi informaba que según las estimaciones del gobierno keniata basadas en las actividades interceptadas a los intrusos, por cada presa cazada de manera legal en Kenia, cinco eran cazadas fuera de la Ley.

La atracción del peligro

Cazar en África es una experiencia más pura, más salvaje, los terrenos no están acotados, los animales son más peligrosos, el paisaje es diferente. Lo explica Carlos Flores, presidente del Safari Club Internacional en Castilla La Mancha, la única asociación de cazadores a nivel mundial y que cuenta con más de doscientos socios en España. La caza, dice, es contacto con la naturaleza, conocer a los animales, ser más listo que ellos. Es también viajar, visitar países y enfrentarse al peligro.

Carlos Flores explica que al igual que un escalador se asoma al peligro, y lo reta, el cazador puede experimentar algo similar especialmente cuando se enfrenta a lo que se conoce como “caza peligrosa”. Es la categoría de los elefantes, leones, leopardos, búfalos e hipopótamos, una categoría que no existe en España. Pese a ello, Flores señala que en la cacería disparar no es lo más importante, sino que hay que entender la experiencia en su conjunto. Y tras la polémica suscitada por el estadounidense Walter James Palmer, indica que hay que hacer las cosas bien y dentro de la legalidad. En África, recuerda, los territorios para cazar suelen ser concesiones de los gobiernos con unos cupos determinados y un número de abates determinado.

Desde su perspectiva de cazador, también defiende esta actividad como una vía para el equilibrio. “El elefante es un animal increíble –dice–, pero cuando una manada entra en un cultivo y lo destroza no lo es para todos”. Determinadas zonas, reitera, requieren un equilibrio.

El Safari Club se nutre económicamente de las cuotas de los socios en todo el mundo (70 dólares) y de una feria anual de caza que se celebra en Las Vegas. El dinero que recogen lo destinan a acciones humanitarias en África y al gabinete jurídico para hacer frente a la “ofensiva ecologista”. / C. Sen

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