ALVARITO.

En La Vanguardia de ayer, Chufo Llorens, alguien que tanto con sus libros como con su humor me ha hecho pasar muy buenos ratos publicó el artículo que reproduzco a continuación.

El artículo llevaba el mismo título que esta nota y era un homenaje a Alvaro de la Iglesia y su revista La Codorniz, la tristemente desaparecida hace tiempo mejor publicación de humor de la historia de este país, y para adherirme al muy merecido homenaje reproduzco el artículo, con la advertencia que aquellos que no conocieron La Codorniz y no lo lean perderán una oportunidad única de experimentar una corta degustación de su excepcional sentido del humor.
Para contribuir con algo al homenaje añadiré una breve pero famosa frase que publicó La Codorniz en plena dictadura de Franco que afortunadamente la censura dejó pasar. Decía: “Un bombín es a un bombón como un cojín es a X, y nos importa 3X que nos cierren la edición.”

LA VANGUARDIA 5 JUNIO 2017

ALVARITO
Chufo Lloréns

Creo que en alguna ocasión he hablado de mi admiración por el ingenio de algunas personas para improvisar respuestas como quien dice a bote pronto. Ya fuere por su historial o por la envidia que despertó, este país no ha hecho justicia a un escritor que me honró con su amistad y que fue un puntal en el campo del humor tras nuestra guerra incivil. Álvaro de la Iglesia, director de La Codorniz, revista de un ingenio hilarante, en cuyas páginas colaboraron, entre otros, Gila, Summers, Chumy Chúmez, Mingote… Casi nada. Si el humor ya es per se un género difícil, todavía lo es más el humor escrito, ya que despertar la sonrisa del lector es mucho más difícil que hacerlo del escuchante de un chiste. En El Papagayo, la sala de fiestas que regentaba, montaba la noche de los miércoles un juego que conseguía llenar a tope el local. El espectáculo, denominado La silla eléctrica, consistía en invitar a un personaje famoso y a las doce de la noche, mientras sonaba la Marcha fúnebre, sentarlo en una silla réplica exacta de la de Sing Sing, rodeada de bombillitas azules y rojas que se prendían de un color u otro según el invitado saliera más o menos airoso de una esgrima dialéctica de preguntas y respuestas. Al finalizar el interrogatorio, tirando de un cable para pedir voz, porque no había inalámbricos, el público también podía preguntar al invitado. En aquella ocasión el turno de sentarse en la silla le tocó a Álvaro de la Iglesia. Alvarito sostenía que los refranes siempre tenían razón porque había uno y el contrario para cada coyuntura. Si el Barça gana al Madrid dos veces, el culé refranea contento “no hay dos sin tres”, mientras que el merengue se dice a sí mismo “a la tercera va la vencida”. Esa noche, entre el público se encontraba un concejal del Ayuntamiento de Porcioles que gestionaba permisos de obra, con fama de poner la mano. Una señora, cuyo hijo había sido extorsionado por el interfecto, preguntó mirándolo fijamente: “¿Existe algún refrán que indique las ventajas y prebendas de un cargo público?”. Alvarito meditó cinco segundos. “Sí, señora, un refrán salmantino del siglo XVI: En llegando a alcalde, se fornica de balde”. La carcajada fue épica. Cuando ya salíamos le comenté: “Oye, qué refrán tan curioso, no lo conocía”. “Ni yo, coño, me lo he inventado”.

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